domingo, 28 de diciembre de 2008

Cuadro congelado

Aunque pude volver por ese empedrado sin revoltijos en el estómago,

te busqué en el círculo más chico del vidrio, ese amarillo traslúcido de la ventana casi asfixiante de un baño en un lugar desconocido.

Demás está decir que te encontré en cada azulejo, y vos, desconsiderado, me tirabas con serpentinas y te reías cuando la misma me cortaba la piel de entre los dedos.
Además eran horribles esos colores.

Mejor cierro mis ojos, no quiero ni saber dónde estoy.

Me siento en un banco en medio del suelo de madera y alguien me mira como si estuviese abrazado a mí y conversándome, logrando hacerme reír. Entonces me levanto, voy corriendo tratando de no pisar mal e irme al suelo, y me acuesto en mitad de la noche, muchas estrellas, y yo hago fuerza porque nadie me vea y a la vez, todos me miran, porque me tiro boca abajo con los brazos debajo de la frente y pataleo.

Esa ropa de verano no me ayuda mucho, y fuera de tus días se aún que estoy más adentro todavía.